Nada demasiado exagerado que no me quepa en una caja.
Mi pequeña caja de Pandora.
Allí está todo encerrado, bajo mi cama.
He decidido meterlo todo dentro e idealizarlo. Convertirlo en algo bonito, ideal y, a ratos, inventado. Será como ese cuento de hadas que me encantaba que contase mi abuela aunque sólo de vez en cuando.
Porque no hay que abusar, si te empachas de algo que te gusta, acaba por desagradarte. Y yo, ni quiero empachos ni necesidades que se conviertan en dependencias.
Porque esto se va a convertir en algo parecido a fumarse un cigarrillo. Me lo fumaré cuando me apetezca, a solas y en mi casa.
Como la caja. La abriré cuando me apetezca evadirme, echar la vista y me empaparé de esa esencia, esa que contiene el aroma de cuando tú y yo éramos 2.
De pequeña siempre le decía a mi abuela:
- No quiero que te mueras nunca, yaya. Prométemelo.
- No seas tonta - me contestaba -. Claro que me moriré, pero mientras tú te acuerdes de mí, yo siempre estaré contigo.
Pues eso. Ahora ya sabes por qué te recuerdo a ratos.

