Me despierta una gota de sudor rodando por mi espalda.
Así no hay manera de echarse una siesta.
El calor ha entumecido mis brazos, mis piernas, mi voluntad.
Aún así, consigo incorporarme y arrastrar mis pies con dirección a la cocina.
Tengo la boca seca, pastosa, así que abro la nevera y me dejo envolver por su bocanada de frío.
Cojo la garrafa de agua y bebo con ansia y desesperación, consiguiendo que el agua escape de mi boca y se deslice por mi cuello, alcanzando mi pecho desnudo y provocándome un escalofrío.
Miro por la ventana de la cocina. El sol es cegador y el calor asfixiante. Miles de personas tumbadas, o desparramadas debería decir, en la playa.
Las gotas que corrían por mi boca, cuello, pecho, parecen haberse evaporado.
Abro el grifo de la cocina y meto la cabeza debajo. Noto el inteso chorro helado sobre mi pelo, que se vuelve de plomo, empapado.
Cierro el grifo. Levanto la cabeza y dejo que miles de gotas se deslicen por mi cuello, mi espalda, mi pecho.
Vuelvo a dirigirme a la habitación. Quizás con este frescor recuperado pueda volver a dormirme.
Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Decenas de imágenes de ti asaltan mi mente: tus ojos, tu sonrisa, tu cuello, tu espalda arqueada, tu pecho, tu ombligo, tu... ¡Basta! ¡Qué puto calor!
Abro los ojos, me doy la vuelta y allí estás tú, mirándome, sonriéndome, acercándote a mi boca, pegándote a mi cuerpo, que se prepara para lo que va a pasar.
Morir deshidratada haciéndote el amor no me parece tan mala idea.