Despertó empapada en sudor, un sudor frío que todavía le recorría la espalda.
Intentó moverse, levantarse, andar, pero notó que sus fuerzas flaqueaban. Era como si algo la inmovilizase, como si un peso muerto estuviese sobre ella.
Con dificultad movió las manos, comprobando que tenía movilidad en ellas.
Las metió dentro de las sábanas y comprobó que no había nada que la retuviese.
Volvió a hacer un esfuerzo y con parsimonia salió de la cama y dirigió sus pies, que parecían de plomo, hacia el baño. Se miró en el espejo y se asustó al ver su mirada, vacía, hueca.
Un escalofrío volvió a recorrerle el cuerpo mientras los recuerdos volvían a asomarse a través de su memoria.
Con el miedo guiando esta vez sus pasos, volvió a la habitación y armándose de valor encendió la luz.
Una vez más, y ya había perdido la cuenta de cuántas iban, la realidad la golpeó. Lo que sus ojos secos volvían a ver la hizo aullar de dolor. Y es que allí, en la habitación, en la cama, no había nadie.
Estaba sola.
A su lado no había nadie, sólo una ausencia, un vacío, el mismo que quedó en su pecho cuando se lo entregó a quien ya no compartía sus días.
¿De qué le servía aquél corazón que ya no le pertenecía, que había entregado a quién ya no la quería?
Así que ése vacío, ése hueco, lo llenó de nada. Una nada tan pesada que no le dejaba fuerzas más que para vagar por su casa.